Crecí también en un hogar donde las mujeres tomaban decisiones, resolvían, sostenían el funcionamiento cotidiano y estratégico del hogar. El liderazgo femenino no era discurso ni teoría: era práctica diaria, mi madre no solo buscaba trabajo; reorganizaba la vida entera en función de la estabilidad. Esa experiencia me dio agencia, capacidad de adaptación y una profunda autonomía para decidir sobre mi propia trayectoria. Incluso en la austeridad económica hubo capital cultural, hubo valores, hubo estructura, hubo una narrativa clara sobre la importancia del estudio, del trabajo y de la responsabilidad.
Moverme de un lugar a otro dentro del país me enseñó resiliencia, me enseñó a empezar de nuevo sin dramatizar el cambio, pero también me hizo entender algo más complejo: las dificultades no cancelan el privilegio, a veces conviven. Puedo haber vivido limitaciones económicas y, al mismo tiempo, haber tenido un entorno que valoraba la educación, que impulsaba la toma de decisiones y que normalizaba la ambición académica.