Entre el mérito, privilegio y responsabilidad

10 de marzo de 2026

Daniela Baena Salazar

Durante muchos años creí que todo lo que había logrado era producto exclusivo de mi disciplina. Trabajé duro, viví austeridad económica, me adapté a distintos lugares dentro del país porque mi madre buscaba trabajo y estabilidad, cambiar de casa, de entorno, de rutina, no era una excepción: era parte de la vida. Asumí responsabilidades tempranas, aprendí a resolver, aprendí a sostener. Y sí, hubo esfuerzo. Pero con el tiempo —y especialmente después de salir del país por primera vez a los 25 años— algo comenzó a incomodarme: la idea de que todo había sido mérito puro.

Porque no fue así.

Crecí en una familia donde estudiar un pregrado no era una posibilidad remota, era una norma implícita, no era un lujo, era el camino esperado; y esa expectativa es un privilegio. No todas las familias pueden establecer la educación superior como horizonte inevitable, no todas pueden sostener ese relato de futuro.

Crecí también en un hogar donde las mujeres tomaban decisiones, resolvían, sostenían el funcionamiento cotidiano y estratégico del hogar. El liderazgo femenino no era discurso ni teoría: era práctica diaria, mi madre no solo buscaba trabajo; reorganizaba la vida entera en función de la estabilidad. Esa experiencia me dio agencia, capacidad de adaptación y una profunda autonomía para decidir sobre mi propia trayectoria. Incluso en la austeridad económica hubo capital cultural, hubo valores, hubo estructura, hubo una narrativa clara sobre la importancia del estudio, del trabajo y de la responsabilidad.

Moverme de un lugar a otro dentro del país me enseñó resiliencia, me enseñó a empezar de nuevo sin dramatizar el cambio, pero también me hizo entender algo más complejo: las dificultades no cancelan el privilegio, a veces conviven. Puedo haber vivido limitaciones económicas y, al mismo tiempo, haber tenido un entorno que valoraba la educación, que impulsaba la toma de decisiones y que normalizaba la ambición académica.

Salir del país a los 25 años fue un punto de quiebre, ese viaje a Estados Unidos, a través de un programa que me permitió acceder a algunas de las universidades más prestigiosas del mundo, me dio una perspectiva distinta, no fue solo una experiencia académica; fue una experiencia política y estructural. Por primera vez observé con distancia mi propia historia, entendí que el acceso a ciertos espacios no es neutral, que las universidades globales, los centros de pensamiento, los escenarios de liderazgo internacional no están distribuidos de manera equitativa; que llegar a ellos implica no solo talento o disciplina, sino también redes, información, capital cultural y, muchas veces, privilegios acumulados.

Ahí comenzó mi cuestionamiento profundo a la meritocracia. ¿Qué significa realmente “merecer”?

¿Desde dónde parte cada persona? ¿Quiénes quedan invisibilizadas cuando celebramos historias de éxito sin mirar el contexto que las hizo posibles?

Desde 2019 he tenido el privilegio de liderar ese programa que me abrió las puertas, año tras año, he acompañado a mujeres que acceden a universidades importantes, que dialogan en espacios de toma de decisión global como Naciones Unidas, que construyen comunidad más allá de la experiencia académica puntual. Sé que muchas de ellas también tienen privilegios, acceder a estos programas requiere cierto capital previo, pero mi intención nunca ha sido reproducir un circuito cerrado de oportunidades para las mismas de siempre. Mi esperanza es que este espacio sea también un lugar de conciencia.

Que cada mujer que acceda a una universidad prestigiosa se pregunte: ¿para qué estoy aquí? Que cada mujer que entre a un espacio de decisión global entienda que su presencia no es solo individual, sino simbólica y colectiva. Que el privilegio no se convierta en comodidad, sino en responsabilidad.  Porque el privilegio, cuando no se cuestiona, reproduce desigualdad. Pero cuando se reconoce, puede convertirse en herramienta de transformación.

Mi experiencia siempre ha sido retadora, he enfrentado techos de cristal, he sentido el síndrome del impostor en más de una ocasión, he tenido que demostrar capacidades constantemente, y aun así, sé que he contado con redes, referentes y estructuras que me han sostenido. También sé que crecer viendo mujeres que resuelven genera una paradoja: aprendemos a sostenerlo todo, a liderar. A decidir, a resistir; pero pocas veces aprendemos a dejarnos sostener.

Esa tensión también forma parte de mi historia.

¿Cómo se construye liderazgo femenino sin romantizar la autosuficiencia permanente? ¿Cómo rompemos techos de cristal sin convertirnos en mujeres exhaustas que cargan con todo?

El programa que lidero, la comunidad que año a año se consolida, los espacios académicos y globales que habitamos, no son metas en sí mismas, son plataformas, son laboratorios de conciencia. No buscamos únicamente formar mujeres exitosas. Buscamos formar mujeres conscientes del lugar que ocupan en la estructura social. Mujeres que entiendan que su acceso puede abrir camino para otras. Mujeres que transformen el liderazgo individual en liderazgo colectivo.

Reconocer el privilegio no anula el esfuerzo. No deslegitima el trabajo realizado. No minimiza las dificultades atravesadas. Reconocer el privilegio complejiza la historia, la hace más honesta, más estructural, más responsable.

Hoy no me interesa preguntarme si mis logros fueron mérito o privilegio. Me interesa comprender cómo ambos dialogan, cómo la disciplina se apoya en condiciones previas, cómo el contexto moldea las oportunidades, cómo la conciencia puede transformar la forma en que usamos lo que hemos recibido. Si crecí en un hogar donde las mujeres resolvían, hoy quiero aprender también a construir redes donde las mujeres se sostengan entre sí.  Si accedí a espacios globales, quiero que esos espacios no sean vitrinas personales, sino puentes colectivos.

Cuando el mérito se reconoce dentro de su contexto, cuando el privilegio se asume como herramienta y cuando la comunidad se convierte en motor, entonces los logros dejan de ser individuales y se transforman en movimiento. Y ahí, quizá, empieza la verdadera transformación.

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